دياغو
Recupero parte de su riqueza, fue en busca de un atuendo nuevo, siempre tan sobrio al vestir, llevaba un traje negro a rayas gris que de ser tan finas costaba distinguirlas, camisa blanca con detalles en encaje y una corbata de seda italiana. Su anillo con la flor del Iz trabajado en oro iba acorde a su perfecta elegancia.
Se instalo en el castillo Coole, el mas antiguo de la ciudad, este maravilloso lugar contaba con patios enormes, tupidos de grandes arboles, al frente tenia una fontana con estatuas esculpidas como si estuvieran en el aire, era completamente impactante para un mortal, el lugar estaba rodeado de murallas de piedra inmensas que era imposible entrar , en la parte interior tenia un aposento donde colgaba un candelabro de cristales que a pesar de las telas de araña que lo decoraba y sus velas consumidas seguía siendo fascinante, una mesa extensa que pertenecia a la numerosa familia que habitaba, el piso estaba cubierto de alfombra roja aunque ya costaba distinguir su color por el pasar de los años, los ventanales estaban revestidos por cortinas de terciopelo apolilladas por su estado rancio, una escalera de madera oscura con tramo curvo que rechinaba al subir, estaba ubicada en el extremo derecho del lugar, las alcobas eran espaciosas, el castillo tenia muchos detalles en espejo aunque esto le era indiferente al vampiro porque no podía ver su reflejo. De todas maneras el lugar seguía siendo perfecto para el.
El amanecer en cualquier momento iba a llegar así que Diagu decidió ir a descansar a una habitación que no tenia ventanas, ni un hueco de donde se podría filtrar la luz solar.
La noche siguiente despertó y tenia intriga de ir a usmear a las personas que vivían en esa casa de la cual el estuvo escuchando mucho cuando estaba resucitando, pero una visita improvista había llegado al castillo y estaba justo detrás de la puerta, Toc toc... retumbo en la sala, las puertas se abren y se aproxima Zuhair uno de los primeros vampiros y un viejo amigo que conoció de Arabia. Encantado lo invito a sentarse en su mesa y le ofrecio un banquete de deliciosa sangre humana de una de sus sirvientas, luego de la apetitosa cena empezaron a recordar sus abundantes anécdotas.


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